¿Pueden las cooperativas y mutuales argentinas protagonizar la innovación actual?

Por Mgter. Nahúm Mirad

El avance acelerado y vertiginoso del desarrollo tecnológico plantea una de las preguntas fundamentales de nuestra década: ¿está condenada la innovación a ser monopolizada por las grandes corporaciones del capital tradicional, o puede la ESyS (ESyS) liderar esta transición digital?

La respuesta es: no solo las organizaciones de la ESyS pueden ser parte de los procesos de innovación, sino que esto constituye además una necesidad histórica para seguir dando respuestas a las necesidades de una sociedad que cambia.

Dicho de otra manera: las cooperativas y mutuales no solo pueden protagonizar la innovación actual, sino que deben hacerlo si aspiramos a que la revolución tecnológica devenga en bienestar colectivo y no en un mecanismo de exclusión automatizada.

Este es el sentido profundo de nuestras organizaciones. 

Los Probos Pioneros de Rochdale, en 1844, innovaron con un almacén de propiedad colectiva para que los obreros de los márgenes industriales del norte de Inglaterra accedieran a los alimentos.

Más acá en el tiempo y el espacio, las mutuales obreras y de oficios de la Argentina de fines del siglo XIX posibilitaron la profesionalización de los trabajadores ante los cambios tecnológicos que entonces revolucionaban, por ejemplo, las industrias del calzado y de la impresión. Estas organizaciones pioneras no solo amortiguaron el impacto de la mecanización industrial, sino que favorecieron el acceso a las primeras innovaciones en salud, demostrando que la ayuda mutua era capaz de gestionar el riesgo social allí donde el Estado y el mercado aun no habían llegado.

Esta gimnasia asociativa y de aprendizaje acumulativo sentó las bases para que, durante la etapa de la colonización agrícola, emergieran las cooperativas de seguro. Su función inicial fue eminentemente estratégica: gestionar de manera eficiente el riesgo productivo ante las plagas y las condiciones climáticas adversas que amenazaban con quebrar a las familias agricultoras. Una vez consolidada esa red de seguridad, el movimiento dio su siguiente paso lógico: las cooperativas agropecuarias democratizaron el acceso a tecnologías de frontera para la época, como la balanza, los sistemas de acopio y la genética aplicada. Se generó así un ecosistema económico asociativo capaz no solo de garantizar la existencia y consolidación de los pequeños y medianos productores, sino de transformarlos en un polo productivo que hoy es altamente tecnificado, soberano y competitivo a escala planetaria.

Lejos de estancarse en lo sectorial, este robusto desarrollo acumulado en el territorio posibilitó, a principios y mediados del siglo XX, la emergencia de las cooperativas de servicios públicos. Fueron estas organizaciones comunitarias las que permitieron que las poblaciones del interior accedieran a innovaciones que definieron la modernidad: la producción, distribución y uso racional de la energía eléctrica y, más tarde, la conectividad a través de la telefonía, el videocable e internet.

Hoy, la historia convoca a una nueva frontera: la transición hacia la generación energética descentralizada, renovable y descarbonizada. Este cambio de época nos exige leer la matriz energética bajo el prisma de la ecología integral. Las iniciativas cooperativas no se limitan a proveer energía no fósil o reducir costos; su verdadero valor radica en que la desvisten de la lógica extractiva y del lucro, posibilitando que todos los vecinos y usuarios sean parte del proceso. Al descentralizar la producción, abrazar las tecnologías de la era digital y construir opciones asociativas, se devuelve la soberanía energética a las comunidades. Así, lo que el capitalismo corporativo gestiona como un mecanismo de individuación y control, la economía social lo transforma en una herramienta fáctica de justicia social, equidad territorial y responsabilidad intergeneracional.

Son algunos ejemplos de los innumerables donde un proceso movimiental y doctrinario que se despliega a lo largo del tiempo se traduce en empresas concretas y específicas.

En cada uno de estos casos, la analogía con la figura mitológica de Prometeo surge de manera natural. El nieto de titanes robó las artes de Hefesto (metalurgia), de Atenea (ciencia, artes y la guerra) y además el fuego divino, que escondió en un tallo de hinojo y se los entregó a la humanidad. Prometeo otorgó el poder para cocinar, calentarse, forjar herramientas y transformar su entorno. Este suceso representa el momento en que los humanos dejaron de ser seres indefensos para convertirse en creadores, marcando el inicio de la civilización, la tecnología y el progreso.

Bajo una mirada más profunda, el cooperativismo y el mutualismo se revelan, desde su génesis histórica, como los intérpretes democráticos del progreso técnico. Su tarea no es la réplica encandilada de la frontera tecnológica, sino la reconfiguración situada de las innovaciones bajo los principios de la autogestión y el desarrollo integral de las personas. Esta traducción convierte a la tecnología en un Bien Común, erigiendo una soberanía social fáctica capaz de neutralizar la exclusión automatizada que el paradigma tecnocrático tiende a normalizar en cada cambio de era.

¿Cómo son los procesos de innovación en la actualidad?

Históricamente, los procesos de innovación se gestionaban bajo un paradigma físico, analógico y localizado, con fronteras geográficas precisas y límites claros. Hoy, la digitalización y la hiperconectividad disuelven esas barreras, obligando a los actores productivos a operar en una matriz multiescalar donde lo local, lo regional y lo global interactúan simultáneamente. El espacio y el tiempo han mutado de manera drástica.

Asistimos a una transición fundamental: el desplazamiento de una innovación basada en “átomos” —lenta, costosa y dependiente de pesadas infraestructuras físicas— hacia una gobernada por “bits”, caracterizada por ser rápida, ligera y maleable. Mediante herramientas de frontera como los Gemelos Digitales (réplicas virtuales de sistemas complejos), es posible simular millones de escenarios operacionales y productivos antes de invertir un solo peso físico en infraestructura.

La aceleración del ciclo de innovación a lo largo de la historia humana ilustra de manera contundente cómo el tiempo transcurrido entre el descubrimiento científico y su aplicación práctica masiva se va comprimiendo exponencialmente.

Durante la Primera Revolución Industrial, la máquina de vapor requirió un período de maduración de aproximadamente 80 años desde las patentes iniciales de Thomas Newcomen en 1712 hasta la generalización del diseño eficiente de James Watt a fines del siglo XVIII. En contraste, a mediados del siglo XX, las transiciones hacia nuevas fronteras energéticas y lógicas fueron significativamente más veloces: la física de la fisión nuclear, descubierta en 1938, dio paso a la primera central nuclear comercial (Obninsk) en solo 16 años (1954); mientras que la computación comercial tardó cerca de una década en consolidarse tras el desarrollo de las primeras computadoras programables en los años 40.

Este ritmo se ha vuelto vertiginoso en la era contemporánea, donde la innovación impulsada por el procesamiento masivo de datos e información digital opera bajo escalas de tiempo antes impensables. Un claro reflejo de este fenómeno se observa en el ámbito de la salud y la biotecnología: el desarrollo tradicional de vacunas requería históricamente entre 10 y 15 años de investigación clínica aislada; sin embargo, frente a la emergencia sanitaria del COVID-19, el uso de plataformas genómicas avanzadas y el procesamiento digital permitieron diseñar, testear y aplicar vacunas efectivas en un tiempo récord de apenas 10 a 12 meses.

Esta dinámica alcanza su punto álgido con la Inteligencia Artificial generativa y la supercomputación, donde los ciclos tradicionales de I+D (Investigación + Desarrollo), que solían demandar de 10 a 20 años de experimentación física en laboratorios cerrados, hoy se reducen a menos de 18 meses gracias a la capacidad de los algoritmos para simular millones de variables y procesar patrones clave de forma casi instantánea.

Al combinar, por ejemplo, el codiseño asistido por Inteligencia Artificial con la manufactura aditiva (impresión 3D), una entidad puede materializar y testear componentes óptimos en cuestión de horas. El ventaja de este enfoque radica en la capacidad de “fallar rápido y barato”, permitiendo que las comunidades adopten y adecuen tecnologías globales para resolver necesidades del territorio sin arriesgar su sostenibilidad financiera.

El imperativo moral en la era de la IA

No obstante, esta aceleración exponencial no constituye un fin en sí mismo. El peligro de someter el destino de nuestras sociedades a las lógicas deshumanizantes de un paradigma tecnocrático es real. En la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV (2026) aborda de forma lúcida esta problemática, señalando que en un contexto donde la riqueza de las naciones depende cada vez más del conocimiento, la concentración de patentes, algoritmos e infraestructuras tecnológicas en manos de unos pocos crea un desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes.

Ante el avance de la Inteligencia Artificial, el Sumo Pontífice nos convoca a un compromiso moral ineludible: la tecnología debe estructurarse rigurosamente al servicio de las personas y sus entornos comunales. En un pasaje medular que interpela directamente el espíritu del cooperativismo, nos recuerda que el ser humano está llamado a ser “colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos”.

Ningún algoritmo o arquitectura de automatización digital posee la facultad de reemplazar la solidaridad social ni el lazo comunitario que sostiene a los pueblos. Esta aceleración desbocada de la innovación no solo transforma los procesos productivos; introduce también una profunda crisis de gobernabilidad en los estados y gobiernos.

Como nos advierte León XIV, los principales motores del desarrollo tecnológico actual ya no son públicos, sino corporaciones privadas transnacionales con recursos y capacidades de acción muy superiores a los de muchos gobiernos. Ante esta asimetría, el poder político tradicional se desibuja, cediendo de manera opaca la soberanía regulatoria y la toma de decisiones críticas a lógicas puramente tecnocráticas. 

El resultado más alarmante de esta abdicación institucional es la profundización sistemática de la cultura del descarte: algoritmos opacos que perfilan, clasifican y excluyen silenciosamente a los más vulnerables, revistiendo la injusticia de una supuesta neutralidad técnica ante la cual es imposible protestar o apelar.

Es precisamente aquí donde la ESyS debe profundizar su compromiso histórico y moral, puesto que su doctrina y su realidad efectiva le otorgan una posición única para actuar como un dique de contención frente a esta deshumanización. A diferencia del capital competitivo o de las burocracias estatales desbordadas, las cooperativas y mutuales no conciben la tecnología como un mecanismo de optimización egoísta, sino como una herramienta de arraigo y ayuda mutua.

Al tener la solidaridad y la subsidiariedad inscritas en su ADN asociativo, estas organizaciones poseen la capacidad fáctica de democratizar la innovación, transformando la tecnología en Bienes Comunes y no en mecanismos de extracción y enajenamiento de esfuerzos comunitarios. La realidad efectiva de nuestras organizaciones demuestra que es posible gobernar la innovación desde el territorio, asegurar que la velocidad de los cambios no genere el descarte de las personas, sino el florecimiento de comunidades enteras en una pluriforme armonía.

Dominar la dinámica de la innovación desde la economía social implica, por lo tanto, aprender su funcionamiento para lograr que el progreso genere equidad real. Innovar a gran velocidad adquiere un sentido auténtico solo si se orienta a la edificación de una sociedad más justa.

Educación continua y el desafío UCMA

Para que el cooperativismo y el mutualismo asuman este rol de vanguardia en la actualidad, es fundamental transformar también cómo estas organizaciones gestionan el conocimiento. En un entorno tecnológico que se redefine cotidianamente, el viejo modelo educativo de formación estática va caducando, lo que configura una situación de crisis en el actual modelo universitario. El escalonamiento de grado o la apertura a especializaciones se vuelve obsoleta ante la dinámica actual de la gestación del conoimiento y la innovación. Es materialmente imposible agotar un campo del saber durante la instrucción profesional inicial. La velocidad de la innovación nos compele a migrar de forma definitiva hacia esquemas de aprendizaje para toda la vida y al diálogo intergeneracional, estructurados mediante trayectos continuos, flexibles y modulares que puedan dialogar directamente con las transformaciones de las economías regionales.

Frente a este escenario de desafíos y oportunidades nace el proyecto de la Universidad Cooperativa y Mutual Argentina (UCMA). Concebida no como una ‘torre de marfil académica’, sino como un polo de producción y gestión concurrente del conocimiento situado, la UCMA se propone como la respuesta institucional de la economía social para abordar estas demandas de las comunidades. Su diseño busca democratizar el acceso a la alta tecnología, co-crear conocimentos abiertos para el movimiento solidario y asociativo y el sector socioproductivo de la ESyS a la vez que estructurar micro-certificaciones que califiquen los caseres requeridos en cada ámbito, sin abandonar las miradas amplias, a la vez de reconocer trayectos profesionales no académicos.

Las cooperativas y mutuales tenemos la historia, la escala humana y la capilaridad territorial necesarias para democratizar la gestión del conocimiento con foco en la innovación abierta de la era digital. Protagonizar la innovación actual requiere observar críticamente la cultura del descarte de las multinacionales tecnológicas y afianzarnos en el legado de la ESyS que demuestra que la innovación, cuando es gobernada solidariamente, puede ser la herramienta más potente para arraigar el desarrollo integral de las personas, asegurar el trabajo digno y custodiar de forma colectiva nuestra magnífica humanidad.


León XIV. (15 de mayo de 2026). Carta Encíclica Magnifica Humanitas: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Oficina de Prensa de la Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html

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