Por José Fernández (*) y Nahúm Mirad (**)

Entre las sierras de Córdoba y los valles del País Vasco se tiende un hilo que une dos experiencias. La de dos sacerdotes que hicieron de la fe una fuerza de transformación social. Brochero, a lomo de mula, abriendo caminos en la inmensidad de Traslasierra; Arizmendiarrieta, entre talleres y fábricas, dando forma en Mondragón a una de las experiencias cooperativas más singulares del mundo. Distantes en el tiempo y en la geografía, ambos compartieron una misma convicción: la dignidad humana se vuelve obra cuando la comunidad se organiza, el trabajo adquiere sentido y las personas asumen en común la construcción de su propio destino.
El reconocimiento otorgado por la Iglesia al canonizar a San José Gabriel del Rosario Brochero (16 de octubre de 2016) y declarar venerable a José María Arizmendiarrieta (14 de diciembre de 2015) no representa una simple coincidencia de la agenda vaticana.
Hay allí una lectura teológica y social deliberada de los pliegues de la historia. En el centro de esa mirada late una convicción irrenunciable: lo comunitario es la clave de bóveda de la emancipación, el terreno donde las personas, organizadas en solidaridad, asumen la soberanía sobre su propio destino.
Esta reflexión adquiere, además, una particular oportunidad en este 2026, declarado Año de Arizmendiarrieta o Año de la Empresa Humanista, al cumplirse cincuenta años de su fallecimiento, ocurrido el 29 de noviembre de 1976. La conmemoración, con epicentro en el País Vasco, vuelve a poner en el centro su legado sacerdotal, cooperativo y humanista, y ofrece una ocasión especialmente significativa para revisar la vigencia de su pensamiento frente a los desafíos contemporáneos del trabajo, la empresa y la comunidad.
Desde las encíclicas de Francisco hasta la maduración doctrinal expresada en la reciente ‘Magnifica Humanitas’ de León XIV, la Doctrina Social de la Iglesia demuestra ser una teología encarnada en el tiempo, capaz de abandonar las abstracciones para transformarse en puentes de piedra, caminos de montaña o empresas cooperativas donde la dignidad se abre paso.
San José Gabriel del Rosario Brochero (1840–1914) fue conocido como el “Cura Gaucho”. Desplegó su labor pastoral y social en la aislada región de Traslasierra, Córdoba, transformando profundamente la vida de sus habitantes mediante la articulación entre fe, educación e infraestructura pública. “Yo me he propuesto no dejar a esta gente en el abandono en que se halla, ni tampoco dejarla en el estado de ignorancia e indiferencia de sus almas”. La frase sintetiza la misión brocheriana.
Sin limitarse al templo, movilizó comunitariamente a los campesinos serranos para construir más de 200 kilómetros de caminos, canalizar acueductos, fundar varias escuelas y promover la llegada del ferrocarril, al tiempo que erigió la Santa Casa de Ejercicios Espirituales como espacio de formación humana y reinserción social. Su legado perdura como testimonio de entrega a los sectores vulnerables y como expresión histórica de un desarrollo territorial impulsado desde la organización colectiva.
El Venerable José María Arizmendiarrieta (1915–1976) fue presbítero vasco y mentor de la Experiencia Cooperativa de Mondragón. Dedicó su vida a reconfigurar éticamente el mundo del trabajo e industrializar la solidaridad en la España de posguerra. “Marcharemos bien en tanto en cuanto en nuestras filas no haya desamparados, pero tampoco demasiado asegurados por esfuerzo ajeno”, decía Arizmendiarrieta sobre su obra cooperativa.
Desde su puesto de coadjutor en el Valle del Alto Deba, impulsó la Escuela Profesional Politécnica y sentó las bases de un vasto tejido autogestionado de empresas, entidades financieras —como Caja Laboral—, previsionales —como Lagun Aro— y de consumo —como Eroski—, regidas por la primacía del trabajo sobre el capital y por la participación democrática. Su obra dejó como legado universal la demostración práctica de que la Doctrina Social de la Iglesia puede traducirse en un modelo empresarial eficiente, competitivo y centrado en la dignidad humana.
Trayectorias en conversación
Hay, además, una coincidencia que parece hecha para enlazar ambas historias. Brochero alentaba a sus fieles a realizar los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, nacido en el castillo de Loyola, en Azpeitia, Guipúzcoa. A pocos kilómetros de allí, en esa misma tierra vasca, se encuentra Mondragón, donde José María Arizmendiarrieta desarrollaría décadas después su obra sacerdotal, educativa y cooperativa. Y fue precisamente durante el pontificado del primer Papa jesuita, Francisco, cuando Brochero fue canonizado y Arizmendiarrieta declarado venerable.
Entre las sierras de Córdoba y los valles de Guipúzcoa aparece otro un hilo inesperado —o no tanto—: la espiritualidad ignaciana que Brochero llevó a la vida de los campesinos de Traslasierra encuentra, en la misma geografía de origen de Ignacio, una de sus expresiones sociales más singulares en la experiencia cooperativa de Mondragón.
Las trayectorias de Brochero, en la inmensidad de Traslasierra, y de Arizmendiarrieta, en el suelo industrial vasco, entablan una conversación fecunda.
Imaginemos al sacerdote cordobés sobre su mula Malacara, abriéndose paso por los trazos áridos y desolados de su parroquia serrana, visitando rancho por rancho, no como un funcionario de la fe, sino como un pastor con olor a oveja, dispuesto a abandonar la quietud burocrática de las sacristías para hacerse pobre con los pobres.
Su valentía no fue la del predicador distante, sino la de quien hace de la fe una práctica cotidiana y funde la oración ignaciana con la picota y la pala para trazar más de 200 kilómetros de caminos, canalizar acueductos y reclamar la llegada del ferrocarril.
En el otro extremo del mapa y del tiempo, la providencia encaminó a Arizmendiarrieta hacia un pueblo devastado por la fractura de la guerra civil. Sin arengar desde el púlpito ni asumir cargos directivos, hizo suya la divisa “Siempre sacerdote, sacerdote en todo, sólo sacerdote” y se dedicó a modelar conciencias desde el confesionario, la pedagogía personal y la máquina de escribir. No es difícil pensarlo en su bicicleta, recorriendo las cuestas de Arrasate.
De su visión surgieron la Escuela Profesional Politécnica y la primera cooperativa industrial, ULGOR, demostrando que la construcción del bien común en la era del trabajo requiere también estructuras de propiedad colectiva.
El legado de las experiencias
¿Es posible pensar una transformación social duradera que no nazca del reencuentro comunitario y del compromiso traducido en obras tangibles?
La experiencia de ambos demuestra que las palabras solo adquieren sustancia cuando hombres y mujeres las respaldan con hechos. Brochero arrancó al paisano serrano del aislamiento y del egoísmo del “yo-me-mi-conmigo” para integrarlo en una red de solidaridad y trabajo donde la fe contribuía a restituir una dignidad largamente postergada.
Arizmendiarrieta, tomando el testigo inaugurado en su momento por León XIII con la Rerum Novarum, trascendió la mera crítica a la injusticia distributiva para institucionalizar una alternativa, organizando la vida productiva bajo la regla democrática de “un socio, un voto” y subordinando el capital a la primacía del trabajo.
En ambos legados opera la metáfora que rescataría más tarde León XIV al contrastar la arrogancia de Babel con la reconstrucción participativa de Jerusalén: la comunidad se levanta a través de la responsabilidad compartida y el bien de quienes edifican juntos la ciudad.
Esta convergencia histórica cobra una singular resonancia cuando se contempla desde la Universidad Cooperativa y Mutual Argentina (UCMA). Echada a andar desde las mismas tierras donde el Cura Brochero desgastó su vida saliendo al encuentro de las periferias geográficas y existenciales, el proyecto de educación superior representa una prolongación académica y social de esa misma matriz transformadora.
Al tender puentes doctrinarios y operativos con el ecosistema de Mondragón, y especialmente con su Universidad, la UCMA no realiza un mero ejercicio de articulación académica internacional: reúne dos vertientes de una misma corriente profunda. Es el tejido que conecta el esfuerzo humano de las Altas Cumbres y el Valle de Traslasierra con la experiencia cooperativa de la cuenca del Deba, demostrando que el saber técnico y la formación profesional alcanzan su verdadera estatura cuando se orientan al servicio transformador de la economía solidaria y el asociativismo.
Frente al avance de lógicas centralistas, concentradoras, abstractas, automatizadas o tecnocráticas, que pretenden organizar la vida desde centros cada vez más alejados de quienes la protagonizan, ¿no vuelve a ser la comunidad el verdadero refugio y motor de la libertad?
Frente a las decisiones tomadas desde arriba y a kilómetros de distancia, Brochero y Arizmendiarrieta parecen recordarnos el valor de construir desde abajo, desde las periferias, allí donde las personas se encuentran, se reconocen y asumen juntas el destino de su comunidad.
Las enseñanzas vitales de Arizmendiarrieta y Brochero, revalidadas en la tradición pontificia desde el magisterio callejero de Francisco hasta los llamamientos de León XIV a custodiar la “magnífica humanidad” en el trabajo encarnado, proyectan un horizonte definitivo. Las respuestas a las encrucijadas del presente vendrán, no nos caben dudas, de la capacidad de tejer lazos comunitarios, democratizar las oportunidades y recordar que cualquier proyecto de desarrollo encuentra su sentido cuando coloca a las personas como principio, centro y fin de toda construcción social.
(*) Presidente y (**) Secretario de la Fundación Pedagógica Cooperativista y Mutualista Suramericana, impulsora de la Universidad Cooperativa y Mutual Argentina (UCMA)

No solo encomiable resulta el proyecto que llevan adelante, escriben muy bien! El libro que voy leyendo y esta nota con un enganche exquisito entre DSI, Francisco y León lo demuestran. En la próxima actividad de Pastoral social donde sea, está última en la que pude estar afortunadamente de Córdoba, debieran tener una mesa para contar la experiencia y lograr nuevas adhesiones a tan digna causa, de la pedagógica y el mutual cooperativismo. Así sea.
Hermosa lectura que nos invita a la reflexión sobre el legado que nos dejaron. Rescato estas palabras…. “En el centro de esa mirada late una convicción irrenunciable: lo comunitario es la clave de bóveda de la emancipación, el terreno donde las personas, organizadas en solidaridad, asumen la soberanía sobre su propio destino” … es en la acción direccionada a resolver nuestros temas donde encotraremos sentido a la vida y no en la queja por lo que no se nos ha dado.
Muy buena nota!! Las respuestas vendrán de la capacidad de tejer lazos comunitarios… y siempre recordar que cualquier proyecto de desarrollo encuentra su sentido cuando coloca a las personas como principio, centro y fin”. En tiempos de IA y automatización, por acá pasa la respuesta que debemos dar.